La dedalera

Cerca del gran castaño de la casa de Inés y Antonio, en Reiriz, este agosto pasado se erguía la bonita dedalera de las fotos. La dedalera o digital (Digitalis purpurea) es una planta venenosa que se ha usado desde hace siglos con fines medicinales, y que por su agradable aspecto se utiliza también como planta ornamental. Las flores se asemejan a dedales de color púrpura, lo que explica muchos de los nombres con los que se la conoce, tanto en castellano como en otros idiomas.

Fue el científico inglés William Withering quien en la segunda mitad del siglo XVIII documentó los efectos de la planta, tras ver como una curandera del sur de Inglaterra la usaba junto con otra veintena de ingredientes en un remedio para los problemas de corazón, y deducir que era la digital la causante de la mejoría. Pasó varios años experimentando con diferentes preparaciones de distintas partes de la planta y en diferentes épocas del año, y describió la mejor forma (y más segura) de emplearla.

Actualmente se sigue cultivando de forma industrial para extraer de sus hojas la digitalina, un activo tóxico que se emplea para el tratamiento de muchas enfermedades cardíacas. De hecho, en su libro «Ecocidio», que trata de las extinciones en masa a lo largo de la historia, el sociólogo Broswimmer apunta que «hay más de 3 millones de norteamericanos con cardiopatías cuyas vidas durarían menos de 72 horas de no ser por la digitalina», en referencia a cómo el ser humano depende de la conservación de la biodiversidad.

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Toallita de Aviaco

¿Durante cuánto tiempo se puede guardar una toallita de las que dan (o daban) en los aviones comerciales? La compañía Aviaco como tal dejó de existir en el año 1998, después de 50 años de vida. Sin embargo, alguien ha tenido como mínimo estos 11 años una toallita de Aviaco en el fondo del cajón, hasta que a finales de agosto pasado la usó en los jardines del Retiro que dan a Menéndez Pelayo, y tiró el sobre al suelo, para variar. Más que un objeto perdido, esto es un objeto tirado.

El santo al cielo: Santa Lucía

Para Diana, que en Oviedo vio a Santa Lucía con otros ojos.

Como pasaba con los mártires serios, Lucía fue una romana cristiana de Siracusa de buena familia que en época del emperador Diocleciano repartió su fortuna entre los pobres (como agradecimiento a Santa Ágata por la curación de la enfermedad de su madre), se negó a casarse con un pagano y consagró su virginidad a Dios. Cuenta Jacobus de Voragine en la impagable Leyenda Dorada que, denunciada al gobernador por la familia del frustado novio, fue condenada a ingresar en un prostíbulo. Sin embargo, cuando unos soldados fueron a llevársela para ejecutar la sentencia, todos comprobaron asombrados que eran incapaces de moverla del sitio ni usando una yunta de bueyes.

El gobernador, exasperado por las recriminaciones que le hacía la futura santa, ordenó que la quemaran viva. Como tampoco así conseguían que callara le clavaron una daga en el cuello, a pesar de lo cual ella siguió clamando contra el emperador y sus torturadores, y profetizando el triunfo último del cristianismo sobre Roma, además de anunciar que en el futuro la considerarían la patrona de Siracusa (como así fue, aunque a toro pasado cualquiera escribe una profecía). Pese a las heridas del tormento, Lucía permaneció inamovible en el mismo lugar y no murió hasta que un sacerdote le administró la comunión, tras lo cual abandonó su alma a Dios.

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Santa Maravillas de Jesús

Creo recordar que fue en la calle del Duque de Medinaceli, frente a la iglesia, donde me tropecé en otoño de 2008 con la reliquia de Santa Maravillas de Jesús, así que no dudo que se le caería a alguna feligresa. Nunca había oído hablar de la santa, pero seguro que era una señal. Un par de semanas más tarde saltó la polémica sobre la colocación de una placa conmemorativa en el edificio auxiliar al Congreso de los Diputados en cuyo solar nació la buena señora en 1891, y me dije «¡anda!». Pero se oyeron argumentos como el de la aconfesionalidad del Estado (¿qué tendrá que ver una cosa con la otra?), y los socialistas le pusieron mala cara al Presidente del Congreso. Bono tuvo que recular, a mi pesar. Durante un tiempo llevé la tarjeta en la cartera, y la cara de los que me veían sacarla era un poema. La reliquia en sí es un trocito de alguna prenda que se supone que usó en vida.

Flores de Mieza: la viborera

La viborera (Echium plantagineum) ó chupamieles (por esas redes se podía encontrar a alguna salmantina de origen que recordaba como de pequeña chupaban estas flores, y sabían dulce) es una planta cuyas flores son como trompetillas de color violeta profundo. Su espectacular nombre (o uno de ellos) y su identificación científica responden al parecido de sus frutos con la cabeza de la víbora (echis es el latín para «víbora»), y por ello en la Edad Media se creía que protegía contra estos animales, y que servía como remedio para su picadura. También es conocida como lengua de buey ó lenguaza, en catalán llengua de bou y en inglés Purple Viper’s Bugloss (del griego bous, «buey», y glossa, lengua), por la forma y el tacto áspero de las hojas, aunque no hay que confundirla con la buglosa, un tipo de borraja.

Para variar, en Australia es una planta muy invasora, y allí también se la conoce con los tremendos nombres de Paterson’s Curse («la maldición de Patterson»), por el apellido de la que que se supone que fue la colona que llevó las primeras semillas desde Europa para embellecer su jardín, contaminando accidentalmente los pastos, y Salvation Jane, porque en tiempos de sequía servía como pasto para el ganado gracias a su resistencia a la falta de agua, y así el ganado no moría. Sin embargo, y de forma paradójica, contiene una pequeñísima cantidad de un alcaloide parecido al curare, y si se ingiere la planta en grandes cantidades puede llegar a producir envenenamiento. De hecho, tras los fuegos de Canberra del 2003, se contabilizaron de forma oficial 40 muertes de caballos por haber comido viborera. Cuando se usa como pasto es necesario controlar la ingesta que hace el ganado de la planta, y no parece estar claro si los beneficios por su consumo superan a los gastos por muertes de reses y por los propios controles.